Se ha astillado el vaso,
el cristal, roto, ha dejado
millares de luciérnagas esparcidas.
Semejan luminosas lágrimas
caídas intermitentes
desvaneciéndose en las mejillas del suelo.
¡Y cuántos colores!
Todos navegan en esos ojos semihumanos,
sombríos, que brillan en el longíneo cuerno
de la distancia, de duro mármol,
en el que el viento de la soledad
han construido deformidades hermosas
que mutilaron de llagas el alma.
Muerde el sol de la ceguera
como una hormiga tenaz;
que abre un espejo cóncavo
estimulando una muchedumbre de bestias
que sueltan desde sus risas los deseos reprimidos.
Eduardo Díaz Espinoza ( 4 de noviembre de 2006)

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