
Tal vez los libros de historia sean duros con George Walker Bush, el cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos de (Norte) América.
Lo presentarán, seguramente, como el iniciador de la guerra en contra de Irak, de un costo todavía desconocido y de resultado temido, y/o el oscuro piloto de tormentas de una nave castigada por una crisis financiera sin precedentes. O también como el decidido impulsor de los tribunales de Guantánamo, donde se ejerce un remedo de justicia que ofendería a un dictador de una republiqueta bananera.
La memoria popular, que suele ser más cruel que los libros, lo recordará seguramente por un par de imágenes de esas que trascienden el tiempo y hasta la ideología.
La primera, con un libro infantil al revés entre las manos, mirando sin ver a un grupo de chicos del jardín, en el preciso instante en el que le informan que un avión ha impactado una de las Torres Gemelas.
La segunda, sin el carácter trágico de aquella, inclinándose con la rapidez y la habilidad propias de un peso Welter, para esquivar los zapatazos que durante su última visita a Bagdad le lanzó el periodista Muntazer al-Zaïdi
En peligro de ir a parar a la cárcel por 7 años, el cronista de la cadena de televisión Al-Bagdadia se ha convertido por estos días en un verdadero ídolo
Es imposible, sin embargo, establecer algún tipo de equivalencia entre las acciones del líder de una nación que libra una guerra que ha sembrado la región de cadáveres y el insulto expresado en forma de zapatazo por un cronista que demostró tener más sangre fría y coraje que puntería.
Mountazer es un periodista diplomado en la Universidad de Bagdad y trabaja desde hace tres años para Al Bagdadia.
Los servicios de inteligencia analizaron en tiempo record todos y cada uno de los acontecimientos que signaron sus jóvenes 29 años de vida.
Moujir al-Khafaji, el director de programación del canal de televisión, lo definió como “un hombre orgulloso de ser árabe” y aclaró que la familia de Muntazer fue arrestada durante el régimen de Sadam Hussein.
Precisamente el abogado que tuvo la responsabilidad de ejercer la defensa de Sadam se ha ofrecido para representarlo. Con semejante antecedente —su celebérrimo cliente fue ejecutado en la horca— sería oportuno que eligiera a cualquiera de los otros letrados que, por decenas, hacen cola para tener el honor de intentar sacarlo de la cárcel, libre de culpa y cargo y convertido en un héroe.
Salvo que la comunidad internacional presione para que lo amnistíen, difícilmente se salve de los dos años de cárcel con los que las leyes iraquíes penalizan la acción de insultar a un presidente extranjero de visita en el país.
Mountazer no dio en el blanco y acabó entre rejas pero es muy probable que haya destruído la carrera de más de un miembro del servicio secreto americano y ni hablar la de los agentes de inteligencia de su propio gobierno.
Desde que Nikita Kruschev golpeó su banca de la ONU con su zapato derecho no hubo otro calzado que subiera desde el pie hasta los titulares de la prensa mundial.
Nadie sabe qué será del futuro de Mountazer y de Irak, pero al menos el periodista consiguió una incruenta venganza blandiendo sólo sus zapatos. No es poco para alguien que vive en una zona donde diferencias mucho más pequeñas se resuelven siempre con la muerte.

Los comentarios están cerrados