Ahora que se aproxima el Día de la Madre, y en los próximos meses también el día del niño, del padre, del abuelo, nada mejor que regalar un buen libro.

Muchos niños tienen la suerte de tener gran cantidad de juguetes, uno más ya no resulta novedoso, la televisión invade cada hogar con la última novedad en juguetes, de tantos, observo que a los pequeños sólo les llama la atención por breves momentos y después quedan en el baúl o en la repisa -como trofeos que mirarán sin que éstos les provoquen mayor curiosidad.

Por qué no regalarles un libro de cuentos?, hay tantos en el mercado!. Existen formatos llamativos, texturas interesantes, colores brillantes, para todos los gustos y para todos los bolsillos. Incentivemos la lectura, no nos quejemos después que los jóvenes no leen.

Y a las madres y abuelos y padres -entre los millones de libros disponibles en el mercado, alguno habrá que sea el adecuado para cada edad, gusto y cultura.

Dejo aquí un artículo interesante sobre el tema de "la lectura".

Saludos.


Los jóvenes y la lectura


Laura Hernández

Mi propósito en este texto es plantear algunas ideas que creo útiles para quienes han emprendido la labor de formar círculos de lectura entre los adolescentes de las escuelas secundarias.

Para el filósofo austríaco, Ludwig Wittgenstein —quien se interesó profundamente por la aclaración de diversos conceptos— ‘leer’ quiere decir reaccionar a signos escritos de tal o cual modo, en el sentido en que, por ejemplo, cuando un alumno empieza a leer, lo sabemos porque hay en él un cambio de conducta (157)1 pues hay un conjunto de sensaciones más o menos características de leer una oración impresa, tales como sensaciones de atascarse, de fijarse bien, de equivocarse al leer, de mayor o menor soltura en la secuencia de palabras, etc., al igual que hay sensaciones características de recitar algo aprendido de memoria.

De tal modo que, de acuerdo a Wittgenstein, la lectura no es sólo un proceso psicológico que ocurre en nuestra mente, que consiste simplemente en traducir mecánicamente signos escritos a orales, sino que la lectura implica una vivencia que se expresa a través de ciertas reacciones características, cuyo carácter estético lo podemos apreciar al percatarnos de que, cuando leemos, letra y sonido forman una unidad. Una especie de aleación —dice él— como una fusión semejante a la que se da entre los rostros de los hombres famosos y el sonido de sus nombres, en que nos parece que ese nombre es la única expresión correcta para ese rostro. (171)

Ésa es la razón por la que ciertas cosas que hemos leído y nos han dejado una impresión honda, permanezcan en nosotros a través de una imagen y sus palabras y, dado que esa imagen es una construcción personal, podemos percatarnos de que, a pesar de que en un sentido superficial todos leamos el mismo texto, no leemos lo mismo porque las ideas que dispara en nuestra imaginación y en nuestro intelecto son diversas para cada uno de nosotros pues dependen de nuestra propia experiencia vital.

Es más, tampoco debemos olvidar que habrá a quien esas palabras, a pesar de que comprenda esos signos, no le signifiquen nada, no le digan nada, no le disparen ninguna idea. Por lo tanto, podemos decir que no siempre ‘leemos’ en un sentido profundo, es decir, no siempre hay contacto entre lo escrito y el lector. Eso sucede fecuentemente a los alumnos que son obligados a leer algo que no les interesa, es entonces cuando sólo se da esa traducción mecánica en la que está ausente la vivencia de la lectura.

Ahora bien, por otra parte, es interesante observar que la lectura sólo fue posible cuando existió la escritura y que ésta es un producto cultural, específicamente de la civilización, y no de nuestra naturaleza; por ese motivo, existen culturas en las que no es relevante registrar ésta por escrito sino transmitirla oralmente, como sucede en muchos de los grupos indígenas de México. El poeta portugués Fernando Pessoa, señala al respecto:

El hombre natural puede vivir perfectamente sin leer y escribir. No puede en cambio hacerlo el hombre al que llamamos civilizado; por eso, como dije, la palabra escrita es un fenómeno cultural, no de la naturaleza sino de la civilización de la cual la cultura es esencia y sostén. [...] La palabra hablada es inmediata, local y general. [...] La palabra escrita es mediata, amplia y particular. Cuando escribimos, y tanto más cuanto mejor y más cuidadosamente escribimos, nos dirigimos a alguien que no va a oírnos, alquien que va a leernos; a alguien que no está a nuestro lado; a alguien que será capaz de entendernos, y no a alguien que tiene que entendernos, teniendo por eso que entenderlo nosotros primero a él (141-142)

Al hablar de esta preocupación del escritor y su lector, es evidente que Pessoa —como poeta— se refiere a la escritura literaria; sin embargo, podríamos afirmar que esta preocupación se presenta, asimismo, en los textos no literarios, como por ejemplo la prosa científica y el periodismo, que también se escriben pensando en las expectativas que los lectores tienen pero, en este caso, sólo con relación a un ámbito de información de hechos e ideas, algo más superficial, si pensamos en que la literatura genera en nosotros emociones intensas de felicidad, de sufrimiento, de zozobra, de terror, etc. Cuando leemos una novela que nos apasiona, vivimos literariamente las emociones de sus personajes, a tal grado que no podemos desprendernos de la lectura o, si lo tenemos que hacer, pensamos obsesivamente en la historia. En el caso de la poesía, el enganche emocional se revela en el recuerdo nítido de las palabras que, cuando las pronunciamos, nos llenan de un goce inefable. Y es que en el poema no es sólo lo dicho lo que nos conmueve sino, en mayor medida, cómo está dicho: su musicalidad. En ese sentido, siendo el origen de la poesía el canto, ésta existiría aun si la escritura nunca se hubiera dado, lo cual no es verdad para la prosa, pues mientras la poesía es básicamente generadora de emociones, la prosa lo es de ideas; no obstante, es posible que esos dos ámbitos se entrecrucen y den lugar a una prosa poética que encontramos en mayor medida en el ensayo filosófico que se aproxima más a la literatura que a la ciencia.

Creo que ahora podrá ser más claro por qué la relación entre la escritura y el lector, en el texto literario, es más emocional que intelectual, que su código tiene un carácter fundamentalmente simbólico, pues como señala Pessoa:

A fin de cuentas, ¿qué es una obra literaria sino la proyección en el lenguaje de un estado del espíritu o del alma humana? Y esa obra es el símbolo vivo del alma que la escribió, o del momento de esa alma —una pequeña alma ocasional— que la proyectó. ¿Por qué no podrá haber entre alma y alma una comunicación oculta, un entendimiento sin palabras, mediante el cual adivinemos la sombra visible a través del conocimiento del cuerpo invisible que la proyecta, y entendamos el símbolo, no porque reconozcamos haberlo visto, sino porque conocemos aquello de lo cual es símbolo. [...] Cuanto más profundas sean las emociones, más alto será, dado el necesario poder de expresión, el mérito de la obra o de las obras. Y cuanto más profundas las emociones, mayor también será su grado de humanidad, de universalidad. Por eso los mayores poetas de la humanidad son también los más humanos, y por serlo son también los más universales.

Y, en ese sentido, se nos plantea una primera cuestión: si queremos fomentar en los jóvenes la lectura debemos estar en la disposición de reconocer que debemos, tanto tomar en cuenta lo que para ellos es significativo e importante, como darles a conocer a aquellos escritores cuya voz es universal. En el video Experiencia de un círculo de lectura con adolescentes de educación secundaria del Valle de Chalco2 puede verse cómo los jóvenes muestran sus gustos e intereses en relación con los libros. En ese sentido me parece que los temas de ficción y la poesía son los que suelen ser más atractivos para los adolescentes, es decir, aquéllos en donde se desborda el mundo de lo posible, lo cual es así porque en ellos la capacidad de imaginar todavía determina la de razonar. La realidad para ellos tiene límites muy distintos a los nuestros o quizá ni siquiera tenga límites. Sin embargo, a pesar de que hable de los jóvenes en un sentido genérico, no debemos perder de vista que esto es una idealización, ya que cada uno de ellos constituye un mundo particular. Ésa es la razón por la que Ezra Pound, en su espléndido libro El abc de la lectura, señala queLa ambición del lector puede ser mediocre, y no habrá dos lectores con ambiciones idénticas. El maestro sólo podrá dirigir sus instrucciones a aquéllos que más desean aprender, de todos modos puede darles un ‘aperitivo’, una lista de las cosas que pueden aprenderse en literatura o en alguna sección dada de ésta. (29)

Esto quiere decir que, a pesar de que debemos alentar en los jóvenes el gozo por la lectura, debemos estar conscientes de que habrá quienes nunca se interesen en ello. Y es que no podemos obligar a nadie a sentir, emocionarse o maravillarse a través de lo que los ojos de los otros han visto e imaginado. Lo que sí estaríamos obligados a hacer es a enriquecer, en la medida de nuestras posibilidades, las opciones de lectura para aquél que busca afanosamente nuevos asombros que le permitan vivir con mayor intensidad su vida. No debemos olvidar que mucho del desinterés de los jóvenes en la lectura lo fomenta una forma de vida que desalienta el interés por el desarrollo de nuestra capacidad creativa e impulsa, por el contrario, la necesidad de garantizarse un estatus económico-social como prioridad existencial. En un mundo donde el espíritu ha sido desplazado por el poder del dinero, no podemos esperar aliento para los hombres espirituales. La misma familia está preocupada por garantizarles a sus hijos un futuro de seguridad material, y cuando un hijo decide ser actor, pintor o escritor se trata de disuadirlo de tal elección. Nosotros mismos fuimos ‘deseducados’ en las escuelas, pues sufrimos de una opresión constante de nuestras capacidades y hasta tuvimos un concepto de cultura como acumulación de información, es decir, como ignorancia disfrazada. En ese sentido, Ezra Pound considera que mucho del fracaso escolar para que los alumnos lean se debe a los propios profesores... que saben poco más que el público, que quieren explotar sus conocimientos fraccionados y que son totalmente refractarios a hacer el menor esfuerzo para aprender algo más (29). El profesor sin experiencia, temeroso de su ignorancia, tiene miedo de admitirla. Quizá este coraje sólo se adquiere cuando se sabe hasta qué punto la ignorancia es casi universal. Las tentativas de ocultarla son simplemente una pérdida de tiempo a la larga. Si el profesor no es muy ingenioso, tal vez se aterre ante estudiantes cuyas mentes se mueven más velozmente que la suya, pero haría mejor en utilizar a los alumnos de disposición vivaz para trabajos de valoración, descubriendo el ojo avizor o el oído sutil, y tomándolo como punto de mira, o poste auditor. (67). Creo que el maestro ideal debe aproximarse a cada obra maestra casi como si nunca la hubiera visto. (68).

Es decir, el maestro, siempre, pero especialmente cuando guía a sus alumnos en la lectura de obras literarias, debe asumirse como un guía que va mostrando rutas de reflexión, pero sin abandonar la posibilidad de que muchas otras sean posibles y que los propios alumnos puedan percatarse de algo que nosotros no hemos podido ver todavía en una obra. Esta actitud sólo podrá tenerla aquel maestro que proyecta con entusiasmo en sus alumnos la capacidad del arte para revelarnos nuevas e infinitas miradas sobre el mundo.

Por otra parte, es evidente que si lo que queremos es formar buenos lectores, éstos no serían aquéllos que hayan leído más, sino los que hayan leído mejor, lo cual nos lleva a una distinción fundamental entre erudición y cultura que, para Pessoa, se establece en términos de que la erudición se limita a conjugar la abundante lectura con la precisa comprensión de la obra. La cultura puede no implicar una lectura extensa, lo que fatalmente implica es lo que, en general, suele ser el resultado de una lectura extensa — la actitud de espíritu que viene señalada por una absorción profunda de todo lo que lee, ve, o de cualquier otro modo, experimenta. En esto consiste pues, fundamentalmente, la diferencia entre la erudición y la cultura: que mientras la erudición es una cuestión de superficie, la cultura lo es de produndidad; que mientras la erudición alcanza sólo sus efectos psíquicos, a la inteligencia, la cultura alcanza a todas las facultades del espíritu, influyendo sobre la sensibilidad y al mismo tiempo sobre las facultades simplemente intelectuales. En el fondo la distinción real consiste en que el erudito no es imaginativo, y el hombre culto, por el contrario, sí lo es.

Lichtenberg , el ingenioso e irónico pensador alemán del siglo XVIII, expresó muchas ideas interesantes sobre la lectura, entre ellas cabe referirse a su rechazo hacia la acumulación de lecturas, por considerarla una mera pose que ha conducido a lo que él llama “una barbarie ilustrada”, que lee para no pensar, y la importancia de reparar en esto se nos muestra en que: las lecturas precoces o excesivas nos proveen de materiales no asimilados con los que nuestra memoria se acostumbra a administrar la sensibilidad y el gusto. A veces necesitamos una filosofía profunda para que nuestros sentimientos regresen al primer nivel de inocencia y podamos encontrar por nosotros mismos la salida entre los escombros de las cosas desconocidas, empezar a sentir por nosotros mismos, a hablar por nosotros mismos y, me atrevería a decir, aun a existir por nosotros mismos (191).

En el mismo tono, Pessoa, añadiría que “un hombre podría, si poseyera la verdadera sabiduría, gozar del espectáculo entero del mundo desde una silla, sin saber leer, sin hablar con nadie, sólo usando los sentidos y sabiendo el alma no estar triste”. (119)

Después de estas reflexiones, debemos pensar que cualquier consideración de la educación como domesticación, o sea, la conducción de los jóvenes a pensar de cierta manera, es equivocada y destructiva porque deseduca. Nuestra tarea no es decirles a los otros qué deben leer y qué deben entender de aquello que leen, y mucho menos que lo importante es leer mucho, sino que debemos proporcionarles la posibilidad de conocer mundos nuevos, pero a la manera de un buen anfitrión que pone sus mejores manjares a la mesa, sin obligar a nadie a comerlos, pues la generosidad implica el respeto hacia el otro. Gustar de un buen poema es como apreciar un sabor exquisito, pero quien no haya sido educado para que sus experiencias gastronómicas continuamente se enriquezcan, porque considera que todo lo que no conoce es malo, nunca podrá apreciar la diferencia entre un sabor y otro con fineza. Lo mismo sucede con la lectura de la literatura, la labor del maestro consiste en enseñar a distinguir entre un tipo de libro y otro; a identificar estilos y hacer relaciones entre ellos; a percatarse de que no se lee con la misma entonación ni en el mismo tiempo un poema épico que uno amoroso o un cuento de terror que una novela filosófica. A buscar en lo leído ideas propias y a reconocer que las obras universales lo son porque en ellas se encuentran plasmadas emociones que tocan la esencia del ser humano.

Y recurriendo de nuevo a mi analogía entre ‘comer’ y ‘leer’ diría que así como el mejor gourmet no es un comedor compulsivo, el buen lector es el que prefiere degustar su lectura, ‘rumiarla’ hasta el cansancio, de ahí que una recomendación de método podría consistir en repetir la lectura de un mismo libro, pues en palabras de Schopenhauer

Todo libro importante debe leerse dos veces, lo uno, porque la segunda vez se perciben mejor las cosas en su totalidad, y no se comprende bien el comienzo hasta que no conoce el fin, y lo otro, porque a la segunda lectura se lleva otra disposición de ánimo que a la primera, lo que modifica la impresión, como cuando se mira bajo nueva luz un objeto anteriormente contemplado. (45)

Después de todo lo expuesto, parece evidente que la misión de formar círculos de lectura no es una misión sencilla y tiene matices éticos insoslayables que, a su vez, dotan a esta tarea de una importancia capital ya que, si José Martí pensaba que debíamos ser cultos para ser libres, la cultura debe entenderse como el derecho que tiene toda persona a crecer interiormente, a pensar por sí mismo, a imaginar. En pocas palabras, a ser libre.

1 Las citas de Investigaciones filosóficas, que es la única obra de Wittgenstein a la que hago referencia en este trabajo, están dadas por numero de parágrafo.